Sobre aquellos días.

Cuando uno acude a las hemorotecas para refrescar la memoria de qué ocurrió realmente en aquellas fatídicas fechas de 1992 (transformación en sociedad anónima de nuestra entidad) se ven claramente dos cuestiones:
a) La aceptación por parte de todos los aficionados, sin el mínimo de información necesaria, de que el Real Betis era un club en quiebra, cuya única solución era su transformación en sociedad anónima, según la nueva ley. Se establecía el capital mínimo necesario en 1.160 millones de pesetas, tras auditoria de la LFP (jamás publicitada) y nada se informaba de los activos (campo, jugadores, etc) y su valoración real en aquellas fechas. Podemos concluir que el valor contable del Betis se establecía en 1.160 millones.
b) La llamada continua, desde diversos sectores de la prensa ( y del propio beticismo) a la masiva participación y compra de acciones de la nueva sociedad. Una llamada patriótica que ha calado tan profundamente en el imaginario del aficionado que, al día de hoy, parece que no es suficiente con ser socio (como ha ocurrido toda la vida) sino que cuanto más acciones se tienen (siendo indiferente la capacidad económica del socio) más bético se es.
Curiosamente, este doble mensaje se repite reiteradamente en aquellas fechas sin que nadie lo cuestione y posibilita la llegada a nuestro fútbol de un número considerable de presidentes cuyo denominador común es su *amplia* fortuna personal (de origen desconocido en muchos casos), su carencia de *historial* futbolístico, y la maraña, imposible de descifrar, de intereses particulares confabulados con los futbolísticos y públicos. (Jesus Gil como ejemplo máximo).
En el caso de nuestro Betis, la masiva participación del socio en la compra de acciones (400 millones) posibilitó que el nuevo *salvador* adquiriera la propiedad de la entidad a buen precio. Anotar, para aquellos ilusos que siguen creyendo en la *ruina* que compraba don Manuel, que una de sus primeras medidas fue apartar de la gestión y dirección a aquellos accionistas que habían invertido cantidades importantes (30 o 40 millones de pesetas).Curiosamente la gestión de esa supuesta *ruina* era vital para los nuevos propietarios. Y exclusiva.
Justo tras la compra llegaron los contratos de televisión, de publicidad, las ventas de atípicos, etc. Llegó el dinero, mucho dinero. Y donde había *sólo* ruina nacieron grandes contratos millonarios. Y los mismo salvadores que pregonaron la compra de ruinas anuciaban la llegada de grandes beneficios. En nuestro caso, además, ocurrió algo misterioso: el estadio, cuyo valor contable y patrimonial no había sido tenido en cuenta para fijar el capital social de la nueva sociedad, pasaba a ser, años después, el valor contable patrimonial más importante del Betis, hasta el punto que, según don Manuel, unas empresas externas *muy generosas* admitían una hipoteca sobre el bien para financiar las obras de remodelación.
El fútbol ha pasado, para los que ya tenemos algunos años, de una lucha romántica (y casi perdida) por una idea, a convertirse, sin que nos demos cuenta , en un gran negocio. No es mala cosa siempre y cuando se haga sin engaños y, sobre todo, se nos informe a los legítimos e históricos propietarios de la verdad.
Ese negocio que hoy existe y acumula ingresos millonarios ha sido posible gracias a muchos aficionados que durante años hemos mantenido la historia viva de nuestro club. Aquella transformación en sociedades anónimas, con una total opacidad en la información, fue el inicio del robo de algo que era nuestro, de todos.
Se lo hemos entregado (nos lo han quitado) a precio de ganga y con un *Viva Cartagena* a esos *salvadores* que produce vergüenza ajena.
Es como una especie de *síndrome de Estocolmo*:el que ha sido robado le aplaude al ladrón.
